Literario
Un cuento de esos que no son ciertos
En la vasta selva de cemento y papeles sellados que configura el sistema de salud, las personas somos poco más que cifras que transitan por los corredores desgastados de una prestadora de servicios que parece haber perdido el alma. Hoy, el recorrido que inicia con una cita en Idime, pasa por la Nueva EPS y desemboca en la Droguería Colsubsidio, se asemeja más a un acto de supervivencia que a la búsqueda de cuidado. Este no fue, afortunadamente, un paseo que terminara en muerte, aunque su rastro dejó visible la brutalidad de un sistema incapaz de escuchar los latidos de quienes claman dignidad.
Bajo los primeros rayos del alba, largas filas de abuelos se forman con la esperanza cansada de quien se aferra al hilo invisible de un turno. Sus rostros, surcados de tiempo, revelan la súplica de ser atendidos, mientras los horarios intransigentes chocan con la fragilidad de sus vidas. Las herramientas que este sistema les ofrece son tan deficientes como el asiento de metal oxidado e incómodo que desafía sus cuerpos gastados; parece que el sistema se olvidó de que ellos construyeron el país que habitamos.
En otro rincón, mujeres gestantes soportan eternidades esperando una consulta mientras sus vientres crecen bajo el peso del abandono que dejan los poco que se enriquecen de la salud. Más allá, un paciente con discapacidad sostiene en sus manos una autorización que, para los empleados del mostrador, parece ser solo un trámite más, pero que para esa persona encierra su necesidad más urgente. Cada minuto de espera, cada mirada perdida y cada suspiro reprimido, construyen un cuadro desolador: la cara oculta de un sistema que olvida que sus cifras son vidas.
Esas eternas colas no son solo lugares de espera; son arenas donde se pulveriza lentamente la salud mental de las personas. Quien llegó buscando alivio, sale cargando una mochila aún más pesada de frustración y desesperanza. Los pacientes de psiquiatría, cuyo bienestar exige particular sensibilidad, parecen librar una batalla perdida de antemano, enfrentados a la indiferencia que los obliga a mendigar el cuidado que, por derecho, les corresponde.
Mientras tanto, los trabajadores de la salud caminan como sombras entre el caos, cumpliendo su deber mientras cargan sus propios problemas. Madres que trabajan en el sector lidian con la angustia de pensar si sus hijos estarán bien en casa, ya que el mundo no les permite opciones confiables ni espacios adecuados. Otras llevan a sus pequeños de la mano, arrastrándolos por escenarios que, diseñados para desesperar adultos, resultan absolutamente hostiles para los niños. ¿Cómo se espera que un infante entienda tantas horas de espera, en entornos tan desoladores?
Este sistema parece haber naturalizado su crueldad. En su engranaje salvaje, no hay espacio para la empatía ni para el cuidado auténtico. Y sin embargo, en medio de este desgarrador panorama, aún palpita la esperanza. Sí, puede que soñar con un sistema incluyente sea la gran utopía, pero las palabras cargadas de indignación tienen la fuerza de un relámpago: alumbran, aunque sea por un instante, un camino posible.
Esta lucha es por las madres con niños pequeños en brazos, por los ancianos que no deberían vivir sus últimos años así, por las mujeres que portan dos corazones y por los trabajadores agotados. Es una lucha por un cambio profundo, por un país donde ningún turno, diagnóstico o medicamento sea negado. Estas palabras son un grito contra la indolencia, porque no estamos dispuestos a seguir caminando en este laberinto sin alma.

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